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La casa natural -un poco de historia-

septiembre 20, 2010

Según el milenario reloj de nuestra existencia, ha sido en el último minuto de la undécima hora cuando hemos cambiado nuestras pautas primordiales de vida y empezando a construir hogares y asentamientos permanentes. La verdad es que algunos arqueólogos piensan ahora que la vida de los primeros cazadores y recolectores no cambió voluntariamente por la relativa seguridad del sedentarismo agrícola sinó sólo bajo la presión del aumento de la población y la disminución de los recursos silvestres. El cambio supuso la pérdida gradual de ese contacto profundo con todas las especies compañeras, la tierra y los cielos.

Tal vez los primeros constructores de ciudades hayan entendido mejor que nosotros los principios de la ecología. Los griegos apreciaban los beneficios del sol, e incluso trataban el acceso igualitario a la luz solar como un derecho legal.  La preocupación por la construcción sana también tiene una larga historia. Ciudades antiguas, como las sumerias, o las del valle del Indo, y las egipcias, griegas y romanas, revelan una desarrollada y avanzada comprensión de la salud y la comodidad. Disponían de baños termales y saunas, letrinas, patios refrescados con piscinas y fuentes, y jardines con hierbas medicinales. En Europa la mayor parte de estos conocimientos antiguos se perdieron durante la Edad Media. Pero en muchas otras culturas la tradición se mantuvo, desde los baños termales en Japón, hasta las saunas de los indios norteamericanos.

La revolución industrial, más que la mecanización que trajo,  fue la nueva concepción del mundo la que cambió tan radicalmente nuestra dirección. La Era Industrial trajo consigo la creencia en el dominio de la naturaleza por las máquinas y la ciencia, y el cambio a una sociedad masificada. En términos domésticos, la consecuencia fue un alejamiento de las casas artesanas construidas personalmente en los pueblos o ciudades pequeñas, para pasar a casas anónimas y uniformes construidas alrededor de fábricas, minas o molinos, que más tarde fueron extendiéndose desde el centro de la ciudad hacia las afueras y los suburbios.

No sólo se perdió la intuitiva ecología de la construcción, sino que la salubridad, durante largo tiempo ignorada en el hogar, se convirtió en un problema fundamental. La superpoblación, la enfermedad, la ausencia de higiene, la oscuridad y la falta de aire suscitaron sentimientos humanitarios. Ya a finales del siglo XIX, el movimiento Arts&Crafts atacaban los males de la era de la máquina. Aunque su interés era revivir las artesanías, el empleo adecuado de los materiales y los diseños sencillos y funcionales ejerció cierta influencia, miraba hacia atrás, a un idílico mundo medieval, y sólo atraía a una élite esteticista. El estilo doméstico romántico, que abundó en Inglaterra desde la década de 1890 hasta 1914, fue también el adoptado por las primeras ciudades-jardín. La salud era una de las motivaciones subyacentes en el movimiento de las ciudades-jardín.

Lejos de mostrar hostilidad hacia la Era Industrial, los arquitectos pioneros del movimiento moderno de la primera parte del siglo XX se inspiraban apasionadamente en ella. Trataron de destruir los “estilos muertos” y encontrar una sinceridad nueva, defendiendo un Estilo Internacional. Walter Gropius, Le Corbusier y Mies van der Rohe eran los nuevos dioses, y su influencia encauzó la arquitectura principal por caminos radicalmente opuestos a los del pasado. La casan en vez de formar parte del entorno natural, destacaba o incluso “flotaba” por encima del suelo, sobre pilotis de acero, como una especie de máquina. Un arquitecto sobresaliente se erigió disidente en la edad moderna. Las casas del arquitecto americano Frank Lloyd Wright encarnaban los principios ecológicos más profundos de la construcción natural. Su intención era que vivieran con la naturaleza y crecieran “desde el suelo hasta la luz”. Su concepto de arquitectura orgánica no sólo significaba un diseño que funcionara con las condiciones naturales, sino que además fuera un organismo completo, una especie de organismo vivo. Puesto que era “vivo”, se trataba de un proceso dinámico, y por esta razón creía que “ningún edifisio orgánico podía acabarse”, sino que continuaría respondiendo a su entorno y a sus ocupantes. Si hubiera sido F.Ll. Wright y no Le Corbusier quien llegase a convertirse en modelo de nuestra era, nuestras ciudades y hogares se hubieran desarrollado en una dirección muy distinta durante los últimos 50 años. Actualmente, por fin, existen señales de una vuelta a despertar a las necesidades de las comunidades y del entorno natural.

Mientras la corriente arquitectónica principal ignoraba la ecología, se exploraron nuevas direcciones en otros campos. Las raíces mellizas de la eco-construcción las constituían los movimientos proteccionistas y los de tecnologías alternativas o apropiadas. La preocupación por la protección de la naturaleza es muy antigua, pero hasta el siglo XX era fundamentalmente un privilegio de la aristocracia. Luego llegó la preocupación norteamericana por “lo silvestre”. El movimiento continuó creciendo y extendiéndose. En los años sesenta se alertó al mundo de los peligros de la contaminación. A mediados de los ochenta, la conciencia planetaria despertó y emergió el movimiento Gaia (describe la tierra y todos los sistemas como una entidad que se autorregula y tiene las características de un organismo vivo). Los años ochenta también vieron surgir la ecología profunda, que entiende la casa como un micro-sistema en interacción con el ecosistema más amplio que es Gaia. En el pasado nuestras casas solían participar más del ecosistema local: se construían con materiales locales, dependían de la energía, el agua y los alimentos del lugar, y los residuos se reciclaban localmente.

El movimiento ecologista ha ignorado considerablemente la preocupación por la salud personal y el efecto de las sustancias tóxicas del interior de la casa, a diferencia de los contaminantes emitidos por las mismas. Los consumidores occidentales están siguiendo dietas para mantenerse en forma, cuidan de su propia salud y son cada vez más conscientes de que las sustancias químicas del entorno son la causa de alergias y enfermedades.

La baubiologie se remonta a Gohete (filosofía humanista y amor romántico al mundo natural) y a Rudolf Steiner (enfoque integral de la salud).

La baubiologie (biología de la construcción) nace del desencanto habido ante muchos de los edificios de la postguerra, y de una destacada conciencia y preocupación “verde” por la contaminación química derivada de los materiales sintéticos empleados en la construcción: es una concepción totalmente nueva de la arquitectura. Combina el método científico con una concepción integral de la relación entre las personas y sus edificios. La casa se compara con un organismo y sus materiales con la piel, una tercera piel que como la nuestra propia (y nuestra ropa, la segunda piel) realiza unas funciones esenciales para la vida: protege, aísla, respira, absorbe, evapora, regula y comunica. La Baubiologie tiene como meta el diseño de edificios que satisfagan nuestras necesidades físicas, vitales y espirituales. Muchos de nuestros hogares modernos son unidades herméticas y por tanto han enfermado. Barreras de vapor a base de materiales plásticos, suelos de hormigón, ventanas y puertas herméticas, espuma aislante y capas impermeables de pinturas plásticas y adhesivos cierran tan bien la casa que no puede respirar. Esta hermeticidad mantiene dentro el aire viciado y los vapores de las sustancias químicas hasta que alcanzan concentraciones potencialmente nocivas.

La baubiologie ha reintroducido materiales y métodos de construcción tradicionales y naturales, como estructuras de madera maciza, adobe con mortero de cal y argamasa, tapial y tejados de hierba, a menudo mejorados con nuevas investigaciones. También se utilizan técnicas de ecoarquitectura para sistemas naturales de calefacción y ventilación, y se intenta asentar la casa y diseñar el interior reconociendo nuestra unión con la naturaleza y nuestro bienestar espiritual.

Aparte de la necesidad de vivir en casas sanas para el cuerpo, existe un deseo mucho más antiguo y profundo de habitar un lugar sano para la mente y el espíritu. Al elegir un lugar para vivir el trabajo consiste en reducir al mínimo los problemas más que en encontrar el lugar ideal. Aunque un lugar en el campo puede ser mejor para la salud, puede consumir más recursos que otro urbano, más cercano a la mayoría de servicios. La proximidad reduce los viajes, el estrés causado por los traslados diarios y la necesidad del automóvil. Además el campo se ve cada vez más sometido a la presión derivada de la edificación. Por tanto es mucho más sensato ecológicamente mejorar el entorno de las ciudades que tenemos y vivir mejor en ellas, que perder aún más campo construyendo.

El libro de la casa natural.- D. Pearson.- Ed. Integral

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